Le tenía pánico a caerme. Creía que, si me caía, todo el mundo vería que no era tan fuerte como aparentaba. Así que me agarraba a todo, incluso a lo que ya me hacía daño, solo por no soltar.
Pero un día me caí de verdad. Y lo curioso es que no me rompí. Lloré, me quedé un rato en el suelo, y desde ahí vi cosas que de pie no veía: lo cansada que estaba, lo poco que me hablaba bien, lo mucho que me había olvidado de mí.
Hoy sé que levantarse no es hacerlo rápido ni hacerlo perfecto. Es hacerlo a tu ritmo, con las manos llenas de ternura para una misma. Eso mismo canto en Alma Abierta, por si te hace falta escucharlo hoy.
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