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  • Tormentas y rosas

    Tormentas y rosas

    También hay lluvia, también hay floración. En un invernadero lleno de rosas rojas, con la lluvia en el cristal, una mujer sostiene una rosa roja al atardecer y sonríe a través de la tormenta.

    Porque no todas las tormentas marchitan: algunas riegan lo que somos. Esta canción celebra a quien florece incluso cuando llueve, con la fuerza serena de quien sabe que, tras la lluvia, las rosas huelen más fuerte.

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  • Todavía te cuento las cosas

    Todavía te cuento las cosas

    Todavía te cuento las cosas, aunque ya no estés. Lo hago en calma, con una taza en la cocina, junto a la ventana al atardecer sobre el mar, como si el aire supiera escucharte.

    Te lo cuento caminando el paseo marítimo al atardecer y también de noche, en una terraza con luces, un teléfono y una copa de vino. Contarte sigue siendo una forma de tenerte cerca, sin ruido y sin prisa.

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  • Tanito

    Tanito

    Tanito no es solo un perro: es el compañero fiel que está en el sofá al atardecer, que se arrodilla a nuestro lado, que nos acompaña mientras leemos y que camina con nosotros junto al mar.

    Gracias por tantas huellas en mi vida: esa frase resume lo que deja un amigo así, una presencia serena que no pide nada y lo da todo. Esta canción es un homenaje a esa gratitud, a la compañía que nos hace mejores y a la alegría de no caminar solos.

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  • Yo sí te quise

    Yo sí te quise

    Yo sí te quise: de verdad, con lo bueno y con lo malo, sin medias tintas. Te quise en una tarde en casa, entre velas, y en el abrazo de un hombre en un sofá que lo decía todo sin palabras.

    Te quise mirándome en el espejo con una mano en el pecho, reconociendo lo que sentía, y sentada al atardecer en una terraza, también con una mano en el pecho. Querer así no se finge: se queda, aunque duela, como prueba de un corazón valiente.

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  • Yo también fui hija de alguien

    Yo también fui hija de alguien

    Antes de ser madre, antes de ser tantas cosas, también fui hija de alguien. Y eso no se olvida: vive en el desayuno compartido, en una madre con sus niños, en los gestos pequeños que nos enseñaron a querer.

    Una foto enmarcada que dice «Siempre en mi corazón», un chal de ganchillo entre las manos, fotos guardadas con cariño y un abrazo a los niños al atardecer en una terraza. Ser hija también es una forma de seguir perteneciendo, siempre.

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  • A todas las que fui

    A todas las que fui

    A todas las que fui: a la niña que soñaba, a la joven que se equivocó, a la mujer que aprendió a levantarse. Hoy las miro con ternura, sentada al atardecer junto al mar, con un baúl de fotos, cartas y un osito de peluche que guarda tantos años.

    Ninguna de ellas fue en vano: cada una me trajo hasta aquí. Esta canción es un abrazo a todas mis versiones, porque quererse también es reconciliarse con el camino andado.

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  • Cuando la calle era nuestra

    Cuando la calle era nuestra

    Hubo un tiempo en que la calle era nuestra: la calle de pueblo blanco al atardecer, con niños jugando hasta que caía el sol y la vida entera cabiendo en una acera.

    Desde un balcón con flores, una mujer miraba aquel bullicio con ternura, mientras a lo lejos se recortaba la torre de la iglesia. Esta canción es un regreso a esos días en los que éramos libres sin saberlo, y en los que la calle, sencillamente, era hogar.

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  • Aprendiendo a estar sola

    Aprendiendo a estar sola

    Aprender a estar sola no es quedarse sola: es descubrir que la propia compañía también abraza. Mirarse en el espejo al atardecer, entre velas, y reconocerse con ternura, sin prisa por gustar a nadie más.

    Es abrir los brazos en un campo de flores al atardecer y caminar descalza por la playa, también al atardecer, sintiendo que la calma no se pide prestada: se cultiva dentro. Estar sola, así, es amor propio en su forma más serena.

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  • Ya no se siente culpable

    Ya no se siente culpable

    Ya no se siente culpable por descansar, por decir que no, por elegir su paz. La culpa que tanto pesaba se va disolviendo, poco a poco, como el sol que se despide sobre el mar desde la ventana, al atardecer.

    Hay calma en el patio de buganvillas, junto a la fuente, lavándose las manos entre pétalos, como quien se limpia por dentro y vuelve a empezar. Sin reproches, sin explicaciones: solo la certeza de que cuidarse también es una forma de quererse.

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  • Soledad sin ruido

    Soledad sin ruido

    Hay una soledad que no hace ruido y que no pesa. Es la calma de sentarse con una taza en la ventana, al atardecer, mirando al mar, y dejar que el día se aquiete sin prisa y sin exigencias.

    Es caminar el sendero costero al atardecer, respirar hondo y sentir que estar con una misma también es compañía. Y, de noche, sentarse en una terraza bajo la luna, entre velas, en silencio, y descubrir que la paz no siempre llega con palabras: a veces llega, simplemente, con estar.

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