Hay cicatrices que ya no quiero borrar. Porque detrás de cada una hubo una caída, un aprendizaje, una despedida y una versión de mí que decidió seguir.
Ya no las miro como heridas. Hay una antigua técnica japonesa, el kintsugi, que repara la cerámica rota con líneas de oro y no esconde las grietas, las hace brillar. Algo así siento con mi historia.
Son la prueba de todo lo que he vivido y de la mujer en la que me he convertido. Con ellas me levanto, con ellas sonrío y con ellas sigo contando lo que me pasó, sin vergüenza.
Si quieres recordarlo cuando dudes, escucha Alma Abierta.

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