Busqué la paz en viajes, en personas, en listas de metas, en tenerlo todo bajo control. Cada vez que creía alcanzarla, se me escurría entre los dedos como la arena.
Lo que me enseñó a pararme fue el silencio. Un rato cada día, sin móvil, sin planes, sentada con una infusión y la ventana abierta. Al principio me incomodaba muchísimo; después descubrí que, debajo del ruido, había una voz tranquila que llevaba años diciéndome que todo iba a estar bien.
No es magia ni se consigue de un día para otro. Es volver, una y otra vez, a una misma. Y cuando me pierdo, canto. Si te apetece perderte y encontrarte conmigo un ratito, escucha Alma Abierta.

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