Ya no espera nada de nadie y, por fin, respira tranquila. Sin prisa ni explicaciones, camina con calma entre las flores del mercado, se sienta en una terraza junto al mar al atardecer y sigue la carretera de la costa con el corazón libre. Ya no necesita que nadie la complete: la paz está en no esperar, en soltar y en disfrutar del camino tal como viene.

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