Mi padre no hablaba de libros. Hablaba de saber mirar, de conocer a las personas por cómo tratan a los demás, de cumplir la palabra aunque cueste. Me lo decía en la mesa de la cocina, entre el pan y las tazas, con cuatro frases que entonces me parecían simples consejos de padre.
Pasaron los años y la vida me apretó, como aprieta a todos. Y fue ahí, en los momentos difíciles, cuando empecé a oír su voz dentro de mí: «mira siempre de frente», «que nadie decida por ti», «haz lo que tengas que hacer». No eran frases. Eran maneras de vivir.
Lo que más me emociona es que ahora, a veces, abro la boca y me sale una suya. Me quedo callada un segundo, sonrío y pienso: qué poco a poco se nos van quedando los padres dentro.
Escribí Mi padre, maestro de la calle para darle las gracias de la única forma que sé: cantando. Para decirle que, aunque tardé en comprenderlo, al final sí le escuché. Si tú también tienes a alguien que te enseñó sin enseñar, dedícale hoy esta canción. A veces un «gracias» tarda años en encontrar su música.

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