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  • Vestido y brillo

    Vestido y brillo

    Hay mujeres que brillan con solo girar: un vestido largo de encaje beige, una terraza de piedra sobre el mar al atardecer, un pueblo blanco, faroles y buganvillas. Y ella, girando, linda, fuerte, real y libre.

    Porque el brillo no se pide prestado: se lleva puesto, como un vestido que por fin sienta bien. Esta canción es para todas las que han aprendido a girar sobre sí mismas y a gustarse en el movimiento, con el alma encendida.

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  • Detrás de Yo también fui hija de alguien: cuando me toca cuidar a mí

    Detrás de Yo también fui hija de alguien: cuando me toca cuidar a mí

    Sé quién tiene frío en casa, quién ha comido y quién no, quién responde distinto cuando algo le duele por dentro. Tengo un remedio para casi todo y, cuando a los míos se les cae el mundo, siempre me vienen a buscar. Y me gusta ser ese sitio. Pero hay días en que me pesa.

    Esta canción nació de una de esas tardes en las que algo me salió mal y mi primer pensamiento fue: «voy a llamar a mamá». Y ahí, a medio camino entre el gesto y el recuerdo, me quedé parada. Porque durante unos segundos no quería ser la que puede con todo. Quería que alguien me dijera: «ven, que ya está».

    Cuando abrazo a mis hijos empiezo a entender de verdad a mi madre. Quizá ella también tuvo días en los que necesitaba a la suya, otra vez, aunque fuera cinco minutos. Qué tarde entendemos a una madre, hasta que un día nos parecemos a ella.

    Yo también fui hija de alguien es para todas las que cuidan y a veces necesitan que las cuiden. Escúchala si te hace falta, y abrázate un poquito de mi parte. Tú también fuiste la hija de alguien. Y mereces descansar.

  • Detrás de Mi padre, maestro de la calle: lo que entendí demasiado tarde

    Detrás de Mi padre, maestro de la calle: lo que entendí demasiado tarde

    Mi padre no hablaba de libros. Hablaba de saber mirar, de conocer a las personas por cómo tratan a los demás, de cumplir la palabra aunque cueste. Me lo decía en la mesa de la cocina, entre el pan y las tazas, con cuatro frases que entonces me parecían simples consejos de padre.

    Pasaron los años y la vida me apretó, como aprieta a todos. Y fue ahí, en los momentos difíciles, cuando empecé a oír su voz dentro de mí: «mira siempre de frente», «que nadie decida por ti», «haz lo que tengas que hacer». No eran frases. Eran maneras de vivir.

    Lo que más me emociona es que ahora, a veces, abro la boca y me sale una suya. Me quedo callada un segundo, sonrío y pienso: qué poco a poco se nos van quedando los padres dentro.

    Escribí Mi padre, maestro de la calle para darle las gracias de la única forma que sé: cantando. Para decirle que, aunque tardé en comprenderlo, al final sí le escuché. Si tú también tienes a alguien que te enseñó sin enseñar, dedícale hoy esta canción. A veces un «gracias» tarda años en encontrar su música.

  • Detrás de Algún día: lo que me digo cuando ya no puedo más

    Detrás de Algún día: lo que me digo cuando ya no puedo más

    Hay mañanas en las que me levanto cansada antes de empezar. La cocina con papeles por ordenar, una cuenta pendiente, un problema que se enreda con otro. Hago lo que puedo y algo más, y justo cuando creo que salgo a flote, otra piedra vuelve a rodar. Esta canción nació en una de esas mañanas.

    No la escribí desde la positividad fácil. La escribí desde el cansancio de verdad, ese en el que una se sienta con el café y piensa: «¿hasta cuándo?». Y, sin embargo, en medio de todo, apareció una lucecita pequeñita que nunca he conseguido apagar. No sé de dónde sale. Pero en mis peores noches siempre me susurra lo mismo: aguanta un poquito más.

    Algún día es esa frase hecha canción. No te promete que mañana todo se arregle; te dice que no hace falta que sea mañana, que solo hace falta seguir creyendo. Y que si la vida tarda, yo la espero de pie.

    Si hoy te pesa el día, ponla bajito mientras desayunas, con calma. Y ahora cuéntame, ¿qué «algún día» llevas tú dentro? Yo ya sé que el mío llegará. Y qué bonito será poder decir: «¿ves? Al final llegó».

  • Que me vea la vida

    Que me vea la vida

    Que me vea la vida como soy ahora: más libre, más yo, más feliz. Una mujer con gafas de sol y un perro asomados por la ventanilla de un coche en una carretera costera al atardecer, sobre el mar y un pueblo blanco costero, con el pelo al viento y una sonrisa.

    Que me vea así, sin esconderme y sin pedir permiso: la vida también se disfruta cuando una se atreve a ser vista tal y como es, con la alegría de quien por fin se reconoce.

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  • No nací para las jaulas

    No nací para las jaulas

    No nací para las jaulas: nací para el aire abierto, para el atardecer sobre el pueblo blanco y el mar. Una mujer de espaldas, con una guitarra y flores blancas, mira el horizonte y entiende que su sitio no está encerrado.

    Un pájaro sale de una jaula abierta y las hojas caen despacio, sin prisa y sin rabia. No se trata de romper con furia, sino de volar, simplemente, porque volar es lo natural cuando por fin se abre la puerta.

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  • Que venga el levante

    Que venga el levante

    Que venga el levante: que abra la ventana al atardecer sobre el mar, que haga volar los papeles y que despeine el pelo sin pedir permiso. Hay vientos que no se temen, se dejan venir.

    Después, estar en la costa rocosa al atardecer y caminar descalza por la playa, también al atardecer, con la calma de quien ya no se aferra. Soltar, respirar y dejar que el viento haga su parte: eso también es libertad.

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  • Mi padre, maestro de la calle

    Mi padre, maestro de la calle

    Mi padre fue maestro de la calle: no enseñaba en pizarras, sino en la vida de todos los días. Hablaba en la mesa de la cocina en el desayuno, entre tazas, pan y naranjas, y cada conversación dejaba una lección.

    Pagaba a un vendedor mayor en un mercado callejero, entre tomates y naranjas, con el respeto de quien sabe que el trato también educa. De noche, sentado en el bordillo de una calle con una taza de café que dice «Tú puedes» y un cartel que dice «Todo pasa y tú sigues», y hablando con un niño en una encimera de cocina, seguía enseñando lo esencial: seguir, con calma y con cariño.

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    💛 Si quieres saber cómo nació esta canción, lee la historia detrás de Mi padre, maestro de la calle.

  • Déjame ser

    Déjame ser

    Déjame ser: sin moldes, sin explicaciones, sin pedir permiso para existir a mi manera. Caminar un patio blanco y terracota al atardecer, entre buganvillas y faroles, y sentir que ese espacio también es mío.

    Ser en un campo de flores al atardecer sobre colinas de pueblo blanco, sosteniendo mi chal, y caminar descalza en agua poco profunda junto a un lago al atardecer, con faroles y un olivo. Ser, sencillamente, es la forma más libre de quererse.

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  • La tierra no se marcha de uno

    La tierra no se marcha de uno

    La tierra no se marcha de uno, aunque uno se marche con una maleta. Se queda en las fotos antiguas guardadas en la maleta, en los olores, en las voces y en la puerta que siempre se abre.

    Se queda en el abrazo de una mujer mayor en la puerta de una casa de pueblo blanco, con un cartel que dice «Aquí siempre serás mi niña», y en la calle del pueblo al atardecer, con la maleta en la mano. Vayas donde vayas, tus raíces caminan contigo.

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