Que venga el levante: que abra la ventana al atardecer sobre el mar, que haga volar los papeles y que despeine el pelo sin pedir permiso. Hay vientos que no se temen, se dejan venir.
Después, estar en la costa rocosa al atardecer y caminar descalza por la playa, también al atardecer, con la calma de quien ya no se aferra. Soltar, respirar y dejar que el viento haga su parte: eso también es libertad.
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