La tierra no se marcha de uno, aunque uno se marche con una maleta. Se queda en las fotos antiguas guardadas en la maleta, en los olores, en las voces y en la puerta que siempre se abre.
Se queda en el abrazo de una mujer mayor en la puerta de una casa de pueblo blanco, con un cartel que dice «Aquí siempre serás mi niña», y en la calle del pueblo al atardecer, con la maleta en la mano. Vayas donde vayas, tus raíces caminan contigo.
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