Hay una soledad que no hace ruido y que no pesa. Es la calma de sentarse con una taza en la ventana, al atardecer, mirando al mar, y dejar que el día se aquiete sin prisa y sin exigencias.
Es caminar el sendero costero al atardecer, respirar hondo y sentir que estar con una misma también es compañía. Y, de noche, sentarse en una terraza bajo la luna, entre velas, en silencio, y descubrir que la paz no siempre llega con palabras: a veces llega, simplemente, con estar.
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