Ya no me explico. Si digo que no, es que no quiero, y ya está. Si cambio de idea, no tengo ningún juicio que ganar.
Ni por quedarme, ni por marcharme, ni por querer una vida distinta a la que esperaban los demás. Que piensen lo que quieran. Yo ya aprendí algo mejor: no necesito que me entiendan para saber quién soy.
Cuánto tiempo gasté justificando cada paso, pidiendo permiso para algo tan sencillo como escucharme. Hoy camino más ligera, y hay una frase que me resume: al final, son mis zapatos.
De esa libertad nació Son mis zapatos. ¿Tú también dejaste de pedir permiso para escucharte?

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